Crimen de odio

El extraño caso del prefecto asesinado

Hace un año, el suboficial de la Prefectura Octavio “Tavo” Romero apareció muerto en el Río de la Plata, desnudo y sin su arma reglamentaria. Su pareja, con quien convivía hacía doce años, apunta a los uniformados.

En 2010, cuando el Senado de la Nación aprobó la Ley de Matrimonio Igualitario, el suboficial de la Prefectura Naval Argentina Octavio Romero empezó a experimentar la dicha de la igualdad junto a Gabriel Gersbach, con quien convivía desde hacía doce años. Sentía que, aprobada la ley, nadie –ni jefes ni colegas– podría discriminarlo.
Aquellos fueron los días más felices, según recuerda con tristeza Gersbach ante Veintitrés. El sábado 11 de junio del 2011, Gabriel vio a Octavio por última vez cuando salió de su casa en el microcentro porteño, para trabajar a bordo de su taxi.

Eran las 20.30. Tavo (como lo llamaban sus amigos), de 33 años, lo despidió vestido con un saco bordó que había elegido para ir al cumpleaños de un amigo. Nunca llegó. Seis días después, su cuerpo fue encontrado en las costas del Río de la Plata, a la altura de la calle San Martín en Vicente López, por los agentes del destacamento de Olivos de la Prefectura Naval. Flotaba boca abajo, totalmente desnudo. Los tatuajes que tenía en la espalda permitieron que fuera reconocido en forma rápida por amigos y familiares, entre ellos su madre.

La autopsia, realizada en la Morgue Judicial de Lomas de Zamora, reveló que el cuerpo presentaba “contusiones en la cabeza producto de un golpe tanto en la frente como en la nuca, que se produjeron cuando la víctima estaba con vida”. Además, el cuerpo tenía “pulmón congestivo”, lo que indica que el gendarme había tragado agua “porque respiraba, porque estaba vivo cuando cayó al río”, según informaron las fuentes del caso, quienes trabajaron sobre todas las hipótesis –suicidio, asesinato o accidente–.
A un año de la muerte, la causa, caratulada como homicidio simple, que recayó en el juzgado de Juan Ramos Padilla y es investigada por la fiscal Estela Andrades de Segura, aún no tiene detenidos. Tampoco se halló el objeto con el que fue golpeado, ni el arma reglamentaria, ni su celular, el cual se apagó a las 21.30 de aquel día. Además, antes de salir de su casa, Octavio dejó el sacó bordó y las bebidas que planeaba llevar al festejo.

“Si bien no pudo establecerse la data de la muerte, sería del mismo día que desapareció. Lo capturan, lo llevan a zona norte, lo desnudan, lo golpean y lo arrojan al agua inconsciente. Entiendo que es un crimen planeado, es un crimen de odio y de bronca”, explica lleno de dolor Gabriel, quien insistirá con su pedido de ser querellante en la causa. Está convencido de que el caso guarda un mensaje y así se lo transmitió a la ministra de Seguridad, Nilda Garré: “Es un crimen con connotaciones homofóbicas. Decidieron arrojar, con plena impunidad, el cuerpo desnudo en jurisdicción de Prefectura. Se llevaron hasta su arma. Eso es un código de ellos”. Octavio no ocultaba su homosexualidad y en el Edificio Guardacostas sabían de su deseo de casarse: le habían sugerido que no lo hiciera con el uniforme. “De vez en cuando, alguien lo apuraba. Una vez lo llevaron a un cuarto y le dijeron: ‘Si sos puto, chupámela’. No sé quiénes eran, no me dio nombres pero me lo contó a mí, a sus amigos, a mi familia. Una vez, en el baño encontró pintado ‘Octavio Romero puto’. Estaba preocupado”, recuerda Gabriel.

Sin sospechosos en el haber de la Justicia, y después de que la Comunidad Homosexual Argentina incluyera el caso en su Informe Anual de Crímenes de Odio, a nadie le sorprendería que la muerte del prefecto estuviera vinculada con instituciones poco adeptas a los homosexuales.

Artículo original en Veintitres

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