¿Qué pasó con el suboficial gay Octavio Romero?

Por Verónica Dema
 Gabriel Gersbach se mudó porque no soportaba volver cada día al departamento que compartía   con Octavio Romero, el lugar del que desapareció la noche del sábado 11 de junio de hace un año. Se trajo unas pocas cosas a este espacio que luce como un lugar de paso, desordenado, con muebles ajenos –lo alquiló amoblado para ver si así los recuerdos dejaban de acecharlo-.Con él se vino el perro que encontraron en uno de los típicos paseos por la reserva ecológica. “Nombro a Octavio y me lame. El perro también lo extraña, no sabés”, dice Gabriel, mientras hacemos lugar para sentarnos en torno de una mesa pequeña donde la computadora siempre está prendida.“La búsqueda se hizo por Internet, enseguida empezamos a divulgar por ahí”, cuenta Gabriel. Aprovecha y abre las páginas en las que se busca Justicia por Octavio. Entra a navegar por Facebook, a abrir álbumes de fotos, pone play en varios de los videos de youtube en los que él daba entrevistas por el caso de su novio cuando aún se desconocía su paradero, muestra la página que él mismo armó para seguir las novedades de caso.Su amor por Octavio parece intacto. Por momentos, en la charla se manifiesta con una anécdota que lo hace sonreír (nostalgia de tiempos amorosos), por otros, con algún episodio que le quiebra la voz (impotencia de amor).Empieza a hablar del último tiempo compartido. “Salíamos juntos los dos, con turistas que querían hacer recorridos por la ciudad. Eran tours de 4 ó 6 horas, programábamos qué querían hacer, si compras, museos, lugares históricos y era una forma de estar más juntos”, recuerda. Gabriel es taxista y Octavio trabajaba medio día por la mañana en la Prefectura, después iba al gimnasio, hacía acrobacia sobre tela, nadaba y estudiaba, según los días.

“La verdad, era un ejemplo de persona. ¿Viste esas personas que se solidarizan con todo, que quieren ayudar, colaborar siempre con sonrisa, humor, feliz?”, dice Gabriel. “Así era Octavio”.

Foto: Facebook; Octavio, a la izquierda, Gabriel a su lado, de paseo por Europa

– ¿Cómo se conocieron ustedes?

– En un boliche, fue el 9 de julio del 1999. Fue un flash. Al día siguiente lo llamé para vernos. Fue una locura, ¿viste cuando tenés muy buena piel con alguien, que no querés que se vaya? A la otra semana ya venía a mi casa y se quedaba dos días, dejaba cosas.  Yo vivía en el centro en un monoambiente y era más cómodo porque él trabajaba en Prefectura en el edificio de guardacostas, en Puerto Madero. Estaba a seis cuadras de su trabajo.

– ¿Desde que lo conociste él trabajó en Prefectura?

– Sí, pero él al principio me dijo que trabajaba para una empresa naviera, en una oficina porque me vio con un perfil a mí que no me gustaban las armas, que era “anti milico” total. Pero al poco tiempo me lo contó, me dijo que me lo había ocultado porque pensó que no me iba a gustar. “Sí, no me gusta”, le dije. Pero me gustás vos, está todo bien.

El me dijo que era por un tiempo, pero fue pasando, en esa época él trabajaba en el edificio de guardacostas pero como era suboficial era como el “pinche”, lo mandaban a la calle con escudos lanza gases. Imaginate en 2001.

– ¿Qué le tocó hacer?

– Lo mandaban a la calle a hacer seguridad, a veces, a las marchas a reprimir. Era complicada esa época y él odiaba hacer eso, detestaba hacerlo. Entonces trataba siempre de “zafar” de estar en la calle armado y con chaleco antibalas. Eso no le gustaba.

Con el tiempo entró a Control de Gestión, fue secretario ahí y mejoró un poco, no salía a la calle. Fue cuando estuvo mejor. Empezamos a viajar a Brasil donde yo había vivido. Se enamoró de Brasil, tanto que pidió una beca para estudiar el traductorado en portugués y lo hizo en tiempo récord. También estudió inglés y la carrera de relaciones internacionales en el Salvador con becas de Prefectura. Quería irse, le interesaba entrar en la Cancillería, ser diplomático y estaba camino a eso.

Foto: Facebook; una bandera los recuerda en la Marcha de Orgullo

– ¿Cómo vivieron la aprobación del matrimonio igualitario?

– El año pasado vivimos los días más lindos como pareja cuando se aprobó el casamiento igualitario y esa noche…se me nubla la vista de acordarme…esa noche fue tan lindo, tan lindo. El siempre dormía como un relojito a las doce o doce y media. Yo soy más murciélago, trabajo de noche en el taxi. Estaba el Congreso discutiendo la ley y fuimos a la marcha los dos. El siempre se ponía sombreros pañuelos porque tenía prohibido ir a las marchas. Después nos volvimos y él se acostó y yo me quedé mirando. Cuando se aprobó fui y lo vi a Octavio durmiendo. El se despertó me miró y medio sonriendo me dijo: ¿se aprobó? Sí y nos abrazamos y lloramos porque nos íbamos a casar.

– ¿Después de la aprobación del matrimonio igualitario pidió permiso para casarse?

– Sí, dijo: ahora sí les voy a hablar. Porque muchos jefes ya sabían. Porque cuando trabajás para una Fuerza es como que ellos son tu familia: tienen que saber dónde vivís, con quién, cuando te vas de vacaciones, dónde vas, tenés que pedirle permiso.

– O sea que ellos sabían que vivían juntos…

– Sí, sabían. Igual podría haber sido un amigo. Pero él no ocultaba las cosas, era muy sincero. Lo fue blanqueando, en su lugar de trabajo, en control de gestión sabían, en ese piso sabían todos que era gay.

– ¿Y cómo lo trataban?

– De vez en cuando tenía alguien que lo apuraba. Una vez lo llevaron a un cuarto y le dijeron: ‘Si sos puto, chupamela’. No se quienes eran, no me dio nombres, pero me lo contó a mí, a sus amigos, a mi familia. Estaba preocupado. Una vez, en el baño encontró pintado ‘Octavio Romero puto’. Ofensas. A él le daba bronca por la ignorancia de los demás, la falta de respeto y la intolerancia.

– ¿Cómo fue contarles a los jefes del casamiento?

– Un día vino re contento, que le había contado a los jefes y estaba todo bien. Que había uno que ya sabía pero a los demás también les dijo. El les contó, les dijo que era su pareja y les pidió permiso para casarse conmigo. Porque ellos no es que van y se casan: tienen que pedir permiso a las autoridades y, por protocolo, investigan a la pareja con que se va a casar. Entonces me dijo a mí y a mi familia que nos iban a investigar, que hasta podían llegar a pinchar el teléfono. Lo que le dijeron es que ni se le ocurriera casarse con uniforme, cosa que a él ni se le había ocurrido.

– ¿Cómo se portaron con vos después del asesinato?

– Hay un solo jefe que se portó muy bien, me dijo que iba a llevar una escolta de Prefectura con el cuerpo, que iban a poner una placa en Curuzú Cuatiá, de donde él era. El se porto bien, vino al funeral y todo. Los demás se han portado muy mal conmigo, me han desmerecido completamente, no me consideran familia.

– ¿Ellos intervienen en la investigación?

– Formalmente, no. A mí me hicieron dos allanamientos, porque como vivíamos juntos era el primer sospechoso. Quedé con la figura de sospechoso aunque no encontraron ninguna prueba en mi contra y comprobaron que yo no estaba donde apareció Octavio, sino trabajando. Me presente para ser querellante y no me dejan serlo porque no soy familiar directo y quedé como sospechoso. Dos veces me rechazaron la medida entonces no sabemos si avanza o no la causa.

– ¿Seguís en contacto con alguien de la Fuerza?

– Hay un chico que era amigo de Octavio y se hizo amigo mío también. Le pregunto cada tanto y me dice que nadie habla nada, nadie menciona el tema. Es como un secreto de sumario. ¿Nadie lo extraña?, le pregunto a este pibe. Sí, me dice, pero no dicen nada. ¿Nadie sospecha de alguien de ahí? Sí, pero no se habla, el tema se enterró.

– ¿Y cómo lo trataban?

– De vez en cuando tenía alguien que lo apuraba. Una vez lo llevaron a un cuarto y le dijeron: ‘Si sos puto, chupamela’. No se quienes eran, no me dio nombres, pero me lo contó a mí, a sus amigos, a mi familia. Estaba preocupado. Una vez, en el baño encontró pintado ‘Octavio Romero puto’. Ofensas. A él le daba bronca por la ignorancia de los demás, la falta de respeto y la intolerancia.

– ¿Cómo fue contarles a los jefes del casamiento?

– Un día vino re contento, que le había contado a los jefes y estaba todo bien. Que había uno que ya sabía pero a los demás también les dijo. El les contó, les dijo que era su pareja y les pidió permiso para casarse conmigo. Porque ellos no es que van y se casan: tienen que pedir permiso a las autoridades y, por protocolo, investigan a la pareja con que se va a casar. Entonces me dijo a mí y a mi familia que nos iban a investigar, que hasta podían llegar a pinchar el teléfono. Lo que le dijeron es que ni se le ocurriera casarse con uniforme, cosa que a él ni se le había ocurrido.

– ¿Cómo se portaron con vos después del asesinato?

– Hay un solo jefe que se portó muy bien, me dijo que iba a llevar una escolta de Prefectura con el cuerpo, que iban a poner una placa en Curuzú Cuatiá, de donde él era. El se porto bien, vino al funeral y todo. Los demás se han portado muy mal conmigo, me han desmerecido completamente, no me consideran familia.

– ¿Ellos intervienen en la investigación?

– Formalmente, no. A mí me hicieron dos allanamientos, porque como vivíamos juntos era el primer sospechoso. Quedé con la figura de sospechoso aunque no encontraron ninguna prueba en mi contra y comprobaron que yo no estaba donde apareció Octavio, sino trabajando. Me presente para ser querellante y no me dejan serlo porque no soy familiar directo y quedé como sospechoso. Dos veces me rechazaron la medida entonces no sabemos si avanza o no la causa.

– ¿Seguís en contacto con alguien de la Fuerza?

– Hay un chico que era amigo de Octavio y se hizo amigo mío también. Le pregunto cada tanto y me dice que nadie habla nada, nadie menciona el tema. Es como un secreto de sumario. ¿Nadie lo extraña?, le pregunto a este pibe. Sí, me dice, pero no dicen nada. ¿Nadie sospecha de alguien de ahí? Sí, pero no se habla, el tema se enterró.

Artículo original en Boquitas Pintadas, La Nación

« Volver a noticias